Por Gustavo F. Wallberg
columnista invitado
Los resultados de 2025 del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, o pruebas Pisa (Programme for International Student Assessment), fueron malos. Se los puede ver con poco dramatismo, pero eso sería ejemplo de las falencias que el reporte revela por tomar información incompleta o desatender lo importante. O sea, mal criterio científico.
Por ejemplo, comparando los puntos del año pasado con los de 2022 en las tres áreas evaluadas (Lectura, Matemáticas y Ciencias) Argentina cayó en cada una sólo alrededor del tres por ciento. Además, en casi todo el mundo hubo descenso en los puntajes, incluso en los países más avanzados.
¿Qué se deja de lado mirando así los datos? Que no son coyunturales. En Lectura desde 2000 hay subas y bajas con tendencia descendente y lo mismo en Matemáticas desde 2006. En cambio, Ciencias es relativamente estable desde 2006. Aunque lo más grave es que son movimientos en valores bajos: entre 91 países. Argentina en Lectura quedó en el puesto 62, en Matemáticas 75 y en Ciencias 71. Además, en Matemáticas Argentina llegó a 76 por ciento de examinados que no alcanzaron el mínimo de comprensión (Ocde, 35) y en Lectura y Ciencias a un 60 por ciento (Ocde 31 y 26).
Ahora bien, lo evaluado fue criterio, no memoria. No qué saben los estudiantes de quince años de edad sino qué saben hacer con lo que saben. Entonces, los malos resultados parecen más complicados de remontar que con sólo incorporar nuevos conocimientos. Como efecto directo, en general las personas con mayor nivel educativo tienen mejores ingresos y menores tasas de desempleo. Pero además de la posición relativa con sus contemporáneos según los saberes, es importante cuánto podrán mejorar. Y cuanto menos sepan y menos criterio posean, menos crecerán.
Vayan casos cuya esencia se puede extender a la economía, porque la aptitud en ciencias no sirve sólo para comenzar una carrera científica sino para pararse en la vida, razonar y no decir ni hacer estupideces. Por ejemplo, evitar ser terraplanista o antivacunas.
Hacia el 240 antes de Cristo Eratóstenes realizó su experimento sobre la longitud de las sombras a diferentes latitudes obteniendo, aplicando geometría, resultados consistentes con la hipótesis de la Tierra esférica. Y el domingo pasado se cumplieron 504 años del regreso a España de Juan Sebastián Elcano concluyendo la vuelta al mundo que había comenzado Hernando de Magallanes. La verificación no sólo constó de la circunnavegación sino del desfase de husos horarios propio de la esfericidad del planeta. Apenas dos ejemplos de los tantos que la apoyan, experimentos sublimemente ignorados por quienes se autoproclaman no aborregados.
Tener idea de estadísticas, por su parte, puede salvar vidas porque no se rechazarían las vacunas argumentando sus efectos secundarios. Claro que los tienen. Todo lo tiene, hasta el agua potable. El punto es la medida adecuada a la condición personal. En particular, se trata de análisis de riesgos y probabilidades. Daño probable de un contagio versus daño probable de la vacunación. Históricamente, en general ganan las vacunas. Una muestra del error de análisis de los antivacunas es la reaparición del sarampión, que causa más daño que los eventuales de una reacción a la Triple Viral.
Ignorancia y conspiraciones van de la mano. Por ejemplo, sostener que los laboratorios no hacen vacunas contra el cáncer porque ganan más con los otros tratamientos. El problema es que una afección o enfermedad que no es causada por un virus no puede ser tratada con vacunas. Pero además hay cánceres que sí son enfrentados con vacunas y exitosamente, los causados por el virus del papiloma humano. Por lo tanto, en estos conspiranoicos falla el método de verificación de la raíz del problema y del tipo de soluciones que se están desarrollando.
En parte la ignorancia se sostiene en dos errores. Uno, pensar que todo puede ser cuestionado. Es correcto, pero eso no significa que cualquiera sin estudios puede pontificar sobre cualquier cosa y por espíritu científico tomarla como válida. Toda persona es respetable, no toda opinión. Para que éstas ganen respeto hay que trabajar y fundamentar. Aparece entonces el segundo error, que intenta justificar las conspiraciones: aunque no se las vea están, porque la ausencia de pruebas no es prueba de la ausencia. Correcto. Pero que no se haya demostrado la ausencia no prueba la existencia.
Ya en el campo de la economía pueden darse algunas muestras. Una es criticar el dato de inflación contrastando con precios de bienes en particular. Eso es no entender qué es la inflación, como es mala matemática no entender que el IPC es un promedio, mala lectura no entender que la inflación baje aunque los precios suban y mala ciencia no leer los informes del Indec o la experiencia mundial sobre emisión de dinero e inflación.
También sería mala ciencia aceptar la mal llamada teoría monetaria moderna. Ella sostiene que dinero es aquello que el gobierno reclama como pago de impuestos. Por lo tanto, siempre habrá demanda por dinero porque siempre habrá que pagar impuestos y en consecuencia emitir sin medida para cubrir el gasto público no es dañino. Pero Argentina es el mentís a esa posición. Se emite para cubrir déficit y las personas se sacan pesos de encima para comprar dólares aunque el gobierno siga cobrando en pesos. Simple contraste de hipótesis con datos. Pequeña luz de esperanza: en el país hay pocos adherentes a esa teoría, si alguno.
De regreso a las Pisa: la desmejora fue internacional pero hay responsabilidades locales. No se trata de culpar, aunque el análisis de políticas educativas debe realizarse, sino de recordar que según la Constitución Nacional la educación es tarea provincial. Existe un Consejo Federal de Educación y el gobierno nacional podría tener un papel de liderazgo y apoyo, pero son los políticos provinciales quienes deben poner las barbas en remojo como en varios campos de un federalismo tan reclamado como poco asumido.